viernes, 18 de febrero de 2022

MI RELACIÓN CON LA LECTURA

 

MI RELACIÓN CON LA LECTURA


 

Lectura, tu, mujer ¿Qué me has dado? Por tu culpa no he podido verme a mí mismo tras una máscara, de modo que todo esto se trata de un retrato alucinante de un hombre al desnudo. Esto no es fácil, no eres fácil Lectura, soy un necio y lo creo así. He hecho un pacto vital, incluso mortal contigo. Crecí entre negros y mestizos, y tú siempre estabas ahí como una aparición invitándome a la eterna danza medieval entre pestes y médicos. Siempre escuché esa tradición de vender el alma al diablo, pero para ti Lectura ¿Qué tanto vale mi alma? Entonces te la vendo, pero más que venderla la dono a la literatura. Y a tu delirio me entrego, sacrifico esta vida posible. De todas maneras no vale la pena. Lectura, no te llevo a mi casa porque no la tengo, estoy inxiliado en esta parte del trópico. Mejor te llevo de regreso a mi pueblo, a ese lugar íntimo que tú y yo conocemos. Donde empezó todo esto, del sitio del que creí salir vivo y creí haberte abandonado, pero hoy me encuentro de nuevo contigo, cara a cara, convertida en una figura mitológica de muchas cabezas: Atracas en mí con forma de poesía.

 

Precoz, me escondía de ti tras los estantes de educación sexual y arte erótico. Pero tú, Lectura, adolescente, hormonal, me buscabas en la soledad. No te creías ese cuentico de practicar desde los doce años las lecturas religiosas en la parroquia, por más que yo invocaba un exorcismo a tus cabezas asomadas por encima del campanario y de debajo de los hábitos de los sacerdotes y las monaguillas, sabías esperarme siempre paciente afuera del atrio. Todo esto tenía una razón, fue precisamente adentro de este recinto puro y sacro donde encontré a uno de tus demonios más fieles. La misa era la fiesta de los ángeles, pero en medio de esta fiesta de la hipocresía y las conciencias alivianadas en la canasta de las limosnas había otra fiesta en el medio, una vez yo cerraba las altas y pesadas puertas de la fe entonces podía verte en hombros del sacerdote que te oficiaba. Lectura, bella, sin tu sotana blanca descubría que eras mujer y que mis sueños húmedos eran a causa de la forma que tomabas como súcubos e íncubos. Las cruces se tornaban de cabeza, el comedor de la gula se convertía en el confesionario. La limosna empezaba a esfumarse de la canasta. El mercado para los pobres era la paga por extender la complicidad de aquel aquelarre con vino de consagrar y hostias con mermelada. Y tú, desde el otro lado de la mesa me mirabas, nunca parecías desesperada. Las parejas de la reunión buscaban la oscuridad y yo me quedaba contigo en el comedor, escuchando historia tras historia de los besos prohibidos y la fachada del celibato. Al despedirme de ti me decías: “Abandona toda esperanza cuando entres en mí”. Y sintiendo que mi cuerpo ardía un eco me volvía a decir: “La poesía os hará libres”. 

 

Pero tu invitación directa, y no negociable, me alcanzaría en un cuchitril de biblioteca en el colegio. Suficiente, había dejado de recorrer pasillos, jardines, graderías, tapias, baños, evitando cruzarme con carteleras, infografías, murales, profesores cegatones, y todo aquel material que pudiera soportarte. ¿Lectura? No, eso eran otros los que te probaban, yo meras formulitas, dibujitos y números. ¿Lectura? Eso era una droga que se ensañaba con otros. Y de vuelta en ese cuchitril, altar de libros ahuecados por el comején y los ratones. Tú, siempre obstinada y terca, me esperabas afuera con tus ojos inyectados en tinta y tu piel blanca. Buscando entre los libros de arte abstracto encontré uno de un tal Jackson Pollock, nada que ver con aburridas letras ni frases complejas. Traigo el libro hacía a mí, y otro libro, más pequeño, delgado y pegado por la humedad a la contratapa de mi elegido cae. Fue el golpe más fuerte del ruido de las cosas al caer. Volví a mirar a la puerta y ya no estabas. No habías huido precisamente, habías entrado, y desde aquel entonces no saldrías nunca. El lamento de Portnoy, así se llamaba aquel ejemplar caído en desgracia. Había caído abierto y con tu voz muda podía leerse un encuentro sexual tras otro encuentro sexual. Tú, Lectura, al servicio del relato de un joven judío en busca de placer y más placer. Yo me puse doble moralista, indignado, enojado, no quería tenerte cerca ¿Para esta pendejada me buscabas? Entonces hice lo que todo joven haría en estos casos; me lo robé.

 

Me hiciste ver con otros ojos a mi peculiar familia. ¿O el peculiar era yo? También las distintas maneras en que podías hablar de un tema. Alguien practicaba la masonería en secreto, y de alguna logia de Cali llegaron varios ejemplares y revistas que en algún momento se convirtió en mi altar de consulta, y en otras de paganismo. Muchas de las caratulas tenían el sello de la Orden Rosacruz Cabalista de Colombia. Abarcaban temas como la reencarnación, la meditación, el alma, el karma, los chacras o la sublimación. Que vaina tan aburrida. La metáfora del pelicano: Cuando la madre no tiene como darle de comer a sus polluelos, con el agudo pico abre su vientre y extrae de él sus vísceras para darlas como alimento a sus hijos. Que gozo era entonces las noches de lectura de misa: Primera Lectura, Salmo Responsorial, Segunda Lectura. Y se prestaba atención al Evangelio del día y a la homilía. Jesús hablaba en parábolas, un camello podía caber por el ojo de una aguja, era más fácil que los ladrones y prostitutas entraran al reino de los cielos, un hombre siempre tendrá que enfrentar los designios de su destino como en la leyenda de Jonás, el sembrador que salió a sembrar y muchas de las semillas cayeron en mala tierra. Los viñedos, las mujeres con sus lámparas se quedaron dormidas. El acto reproducido por años de la elevación del pan y del vino: «Señor, este es mi cáliz, fruto de la alianza nueva y eterna…comed y bebed todos de él…» Tenía entonces doce años, asistía al sacrificio simbólico de un hombre de más de dos mil años que hablaba del alimento de su cuerpo; algo de pelicano o de caníbal tenía.

 

Que un gringo llegara a mi casa, se apoderara de las historias de mi familia y luego las escribiera; al principio me pareció una gran proeza, admirable, envidiable, imitable. Después…Una mierda ¿Por qué no se me ocurrió antes a mí? Ah, cierto, vos siempre fuiste primera. Quien lee tiene ese riesgo, en algún momento tendrá que escribir algo, y si es algo que tenga mínimamente algún valor literario, mínimamente tendrá que haber leído cosas que valgan la pena. No es mi caso. Siempre me inclino por lo banal, lo despreciado, lo derrotado, lo intrascendental. Prueba de eso, sigo repasando los mismos tres libros del gringo ese. Los mismos tres: Alerta de terremoto, Cuestión de familia y A dónde vas. Les doy vuelta una y otra vez. Lectura, te apareces en ellos como una obsesión, como un origen, como un destino. Y la misma pregunta de siempre como un castigo en la pizarra: ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo lo hizo? Y lo que más me enoja; en ninguno de sus escritos aparezco yo. Y tú, Lectura, te has encargado de dejármelo muy claro.

 

Eres ruido Lectura. A veces, ruido innecesario, por eso, a veces, no te prefiero. Te aborrezco, te odio. Y me quedo entre tu tinta y tu piel pálida de largos, larguísimos silencios. En esa parte blanca y quieta que se abandona a sí misma y dejas de ser tú. Esa parte donde muchas veces prefiero habitarte. No me gustas cuando te vistes con tus discursos excesivamente académicos y apretados. Sé que tienes que verte bien como una enfermedad necesaria. Las bibliotecas bostezan de aburrimiento con ese tipo de discursos. Soy necio, soy un convencido de eso. Cuando dejas espacios para respirar es cuando más te aprecio. El precio que he tenido que pagar por dejarte entrar en mi vida ha sido de doble filo: Maldito y bendito. Maldito, porque me he intoxicado tanto de ti que en ocasiones debo sacarte de la sangre que me envenena la cabeza. Vierto todo aquel negro buscando llenar silencios que hacen más ruido que el replicar de tus letras. Bendito, porque en este pacto mortal contigo estoy seguro que al menos bajo tu efecto alucinógeno he podido escribir una línea, una sola maldita línea, que valga la pena y que a alguien al otro lado de los estantes le diga algo distinto. La escritura ha sido el alto precio que he tenido que pagar por amarte y odiarte. El diagnostico no es nada esperanzador: estoy enfermo de letras. Bendita sea la caída.

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